Hay una pregunta que me he hecho muchas veces desde que empecé a entender de verdad qué significa para mí el cuckolding: ¿por qué quiero saber qué hizo mi mujer con otro hombre?
Durante mucho tiempo pensé que la respuesta era sencilla: celos, inseguridad, morbo… quizá una mezcla de las tres cosas. Sin embargo, con los años he descubierto que detrás de esa necesidad de saber hay mucho más. A veces no buscas información porque quieras controlar a tu pareja. A veces quieres saber porque necesitas entender qué te está pasando a ti mismo.
Yo soy Sergio y escribo este artículo desde mi propia experiencia. Ana María empezó siendo mi novia y hoy es mi mujer y mi hotwife. Nuestra historia con el cuckolding no comenzó como una fantasía perfectamente definida. De hecho, durante bastante tiempo ni siquiera sabía que aquello que me ocurría tenía un nombre.
Todo empezó antes de saber que éramos una pareja cuckold
Cuando conocí a Ana María no estaba buscando una hotwife ni tenía ninguna fantasía especial con ver a mi pareja con otros hombres. Nos conocimos, nos gustamos y empezamos nuestra relación como cualquier otra pareja. Había atracción, complicidad y desde el principio tuvimos bastante libertad para hablar de sexo.
Pero había algo que me generaba inseguridad: su pasado.
En una de nuestras conversaciones terminamos hablando de sus relaciones anteriores y descubrí que había estado con bastantes hombres antes de conocerme. Recuerdo perfectamente aquella sensación. Por un lado quería saber más. Por otro, había una parte de mí que prefería no hacer demasiadas preguntas.
Y ahí apareció una contradicción que con el tiempo se convertiría en algo importante para mí. Quería saber, pero al mismo tiempo sabía que algunas respuestas podían hacerme sentir mal.
Empecé a imaginar situaciones que nunca había presenciado. Me preguntaba quiénes habían sido aquellos hombres, qué había encontrado ella en ellos, si alguno había significado algo especial y qué podía haber sentido estando con ellos. Cuanto más pensaba en ello, más preguntas aparecían.
Cuando saber qué hizo mi mujer con otro duele y, al mismo tiempo, te provoca
Después ocurrió algo que complicó todavía más las cosas. Hubo una infidelidad.
Para mí fue un golpe. Sentí rabia, decepción, inseguridad y esa sensación tan desagradable de empezar a compararte con otro hombre. Durante un tiempo pensé que aquello solo podía significar una cosa: nuestra relación estaba en peligro.
Pero había algo que no me atrevía a reconocer. Además de estar dolido, quería saber qué había ocurrido.
No me bastaba con saber que había estado con otro. Quería entender por qué había sucedido, qué había sentido ella y qué significaba aquel hombre para ella. Y cuanto más preguntaba, más consciente era de que había algo extraño en mi reacción.
Una parte de mí sufría y otra quería conocer más.
Aquella contradicción me costó bastante aceptarla. Una cosa es engañar a tu pareja y otra completamente diferente es explorar una fantasía de manera consensuada. Pero aquella experiencia me obligó a mirarme a mí mismo y preguntarme por qué la idea de mi mujer con otro hombre podía despertar en mí algo más que celos.
¿Por qué un cornudo quiere saberlo todo?
Creo que esta es una de las preguntas más interesantes del cuckolding. Cuando un hombre empieza a descubrir que le excita imaginar a su mujer con otro, muchas veces aparece una necesidad casi automática de saber más.
A mí me ocurrió.
Quieres saber quién es el otro hombre. Quieres saber cómo se conocieron. Quieres saber qué le atrae a tu mujer de él. Quieres saber qué impresión le causó. Quieres saber si ella se sintió deseada. Y, sobre todo, quieres saber qué ocurrió entre ellos.
En ese momento es muy fácil pensar que necesitas conocer absolutamente todos los detalles. Yo también lo pensé.
Con el tiempo entendí que no siempre se trata de acumular información. Muchas veces lo que buscas realmente es participar en la fantasía. Saber que tu mujer ha sido deseada por otro hombre puede producir una mezcla muy difícil de explicar: celos, excitación, inseguridad, orgullo y una sensación de pérdida de control que, paradójicamente, puede formar parte del morbo.
Quiero saber qué hizo mi mujer con otro, pero ¿hasta dónde conviene llegar?
Esta es una de las cuestiones que más hemos tenido que aprender como pareja. Cuando descubres el cuckolding puedes pensar que cuantos más detalles conozcas, más excitante será. Pero no necesariamente funciona así.
Hay cosas que pueden resultar muy excitantes cuando forman parte de una fantasía y que pueden convertirse en una fuente de inseguridad si se llevan demasiado lejos. Por eso, para mí, la pregunta importante dejó de ser solamente “¿qué hizo mi mujer con otro?” y pasó a ser “¿qué necesito saber para que esto siga siendo excitante para los dos?”.
No es lo mismo querer conocer la experiencia que convertirte en un interrogador. Tampoco es lo mismo que tu mujer quiera compartir contigo una experiencia porque forma parte de vuestra intimidad a que tú sientas que necesitas controlar cada detalle.
Las reglas son importantes: saber qué está permitido y qué no, qué queremos compartir y qué preferimos mantener como algo de ella, y qué situaciones nos excitan o pueden despertar unos celos difíciles de gestionar. En nuestra experiencia, hablar de acuerdos cuckold y normas de pareja nos ayudó a convertir una fantasía en algo que ambos pudiéramos disfrutar.
Mi mujer con otro hombre: cuando la fantasía empezó a tomar forma
Otra experiencia que tuvo mucho peso en nuestra historia ocurrió durante un viaje a Brasil. Ana María conoció allí a Rodrigo y entre ellos surgió una atracción que posteriormente terminó contándome.
Para mí aquello volvió a despertar la misma mezcla. Los celos estaban ahí, pero también la curiosidad. Y debajo de todo aquello había algo que cada vez podía reconocer con más claridad: me excitaba saber que mi mujer podía despertar el deseo de otro hombre.
Tardé en admitirlo. Durante bastante tiempo intenté convencerme de que simplemente quería entender lo que había ocurrido. Pero no era solamente eso. Había una parte de mí que quería escucharla, quería conocer su experiencia y quería comprender por qué todo aquello tenía tanto poder sobre mí.
No quería volver a ser un cornudo engañado
Aquí apareció para mí la diferencia fundamental entre lo que había vivido y lo que empezábamos a plantearnos.
Yo no quería otra infidelidad. No quería descubrir las cosas a escondidas ni enterarme de ellas cuando ya habían sucedido. Tampoco quería vivir constantemente con la sensación de que mi mujer podía hacer algo detrás de mi espalda.
Si íbamos a explorar aquella fantasía, tenía que ser diferente. Tenía que haber consentimiento, confianza y comunicación.
Fue entonces cuando empezamos a ponerle nombre a cosas que antes simplemente nos ocurrían. Hablamos de hotwife, de cuckold, de bull y de lo que significaba para cada uno de nosotros. Descubrimos que no teníamos exactamente las mismas fantasías, pero sí suficientes puntos en común como para empezar a construir nuestra propia dinámica. Para entender mejor esos términos, también tenemos un glosario del cuckolding con el vocabulario más habitual.
De la infidelidad al cuckolding
Para mí la diferencia es fundamental. La infidelidad rompe las reglas de una relación. El cuckolding consensuado necesita precisamente lo contrario: reglas claras.
Quién puede participar, qué queremos saber, qué cosas están permitidas, cuáles son nuestros límites y qué hacemos después de cada experiencia.
No existe una fórmula universal. Cada pareja construye su propia manera de vivirlo.
En nuestro caso, además, hubo que aprender a convivir con los celos. Porque convertirse en cornudo no significa dejar de sentirlos. Yo sigo siendo yo. Sigo teniendo inseguridades y sigo teniendo momentos en los que algo puede removerme por dentro.
La diferencia es que ahora podemos hablar de ello. Y no es una cuestión exclusiva del cuckolding: establecer límites claros y comunicarlos es una parte importante de cualquier relación saludable. Cleveland Clinic explica cómo establecer límites saludables y por qué conviene comunicarlos de forma clara.
Una noche cambió nuestra manera de vernos
Recuerdo una noche en casa en la que finalmente hablamos de todo aquello sin intentar disfrazarlo de conversación casual. Estábamos sentados juntos y Ana María me preguntó directamente qué era lo que realmente me pasaba cuando pensaba en ella con otro hombre.
Durante unos segundos no supe qué responder. Hasta entonces había hablado de celos, de curiosidad, de fantasías… pero nunca había pronunciado claramente lo que estaba empezando a descubrir.
Le dije que había una parte de mí que se excitaba imaginándola siendo deseada por otro.
Ella me preguntó qué pasaría si algún día aquello dejaba de ser solamente una fantasía. Aquella pregunta cambió la conversación.
Empezamos a hablar de lo que nos atraía y de lo que nos daba miedo. De hasta dónde llegaríamos y de dónde estaría la línea que ninguno quería cruzar. También hablamos de algo que para mí era todavía más importante: quería seguir sintiendo que era su marido, no simplemente un espectador de su vida sexual.
Ella lo entendió. Y yo entendí que para ella tampoco se trataba simplemente de estar con otros hombres. Le gustaba sentirse deseada, saber que provocaba deseo y descubrir esa parte de sí misma.
Cómo empezó nuestra dinámica de hotwife y cornudo
Al principio todo fue mucho más sencillo de lo que podría imaginar alguien que escucha la palabra cuckolding. No empezamos con grandes reglas ni con una fantasía perfectamente organizada. Empezamos hablando.
Después empezaron las pequeñas provocaciones entre nosotros. Ana María podía contarme que alguien le había parecido atractivo y observar mi reacción. Yo podía preguntarle qué pensaba ella de determinado hombre y descubrir que aquella conversación me producía más excitación de la que esperaba.
Poco a poco fuimos creando nuestro propio lenguaje.
Ella sabía qué comentarios conseguían ponerme nervioso y yo aprendí a reconocer cuándo una conversación estaba jugando con mis celos y cuándo empezaba a tocar una inseguridad real.
Así vivimos ahora nuestra relación
Hoy Ana María es mi mujer y también mi hotwife. Yo soy su marido y, dentro de nuestra dinámica, también soy su cornudo. Si estás empezando y quieres entender cómo gestionar los celos que aparecen en esta dinámica, también puedes leer nuestra guía sobre celos y compersión en el cuckolding.
Pero esas etiquetas no definen toda nuestra relación. Seguimos teniendo nuestra vida, nuestros momentos de pareja, nuestras conversaciones y nuestra intimidad. El cuckolding es una parte de nosotros, no toda nuestra relación.
Cuando aparece otro hombre, la situación cambia porque entramos en ese juego que hemos construido juntos. Yo puedo sentir celos. Ella puede disfrutar de sentirse deseada. Y los dos sabemos que detrás de todo eso existe una confianza que hemos construido durante años.
Una de las cosas que más me gusta actualmente es precisamente esa complicidad previa. A veces basta una mirada de Ana María para saber que está jugando conmigo. No necesita decir demasiado. Los dos sabemos lo que significa esa mirada.
Cuando empecé a preguntarle por los detalles
Hay otra parte de nuestra evolución que para mí resulta especialmente interesante y que creo que puede entender perfectamente cualquier hombre que esté empezando a descubrir el cuckolding.
En nuestras primeras experiencias, después de que Ana María estuviera con un hombre que habíamos elegido, yo era quien empezaba con las preguntas.
Quería saber dónde habían estado, qué tal había ido, si ella se había sentido cómoda, qué impresión le había causado el chico y, sobre todo, si había disfrutado. También quería saber cómo había sido la experiencia en términos generales y si el hombre había estado a la altura de lo que esperábamos.
Ana María, al principio, no me contaba demasiado. Me daba una visión general. Me decía si había estado bien, si había sido una experiencia increíble o si, por el contrario, el chico no había cumplido nuestras expectativas.
Algunas veces acertábamos completamente al elegirlo y ella volvía con una sonrisa que prácticamente me daba la respuesta antes de que dijera nada. Otras veces nos dábamos cuenta de que habíamos elegido mal.
Y eso también formaba parte del juego.
Recuerdo conversaciones en las que yo le preguntaba simplemente “¿qué tal?” y ella me respondía con un “increíble” que me dejaba todavía con más ganas de saber. En otras ocasiones la respuesta era mucho más fría: “Bueno, no ha estado mal, pero esperaba otra cosa”.
Para mí había algo muy excitante en conocer esa opinión. No se trataba de compararme con el otro hombre. Lo que me interesaba era saber qué había sentido ella y si la elección que habíamos hecho juntos había sido acertada.
Porque esa es otra parte de nuestra dinámica: el hombre también lo elegimos nosotros.
Y cuando acertamos, cuando ella me cuenta que ha disfrutado muchísimo y que el chico sabía cómo tratarla, siento una mezcla muy particular de satisfacción, curiosidad y excitación.
Con el tiempo Ana María empezó a contarme mucho más
Nuestra forma de hablar de estas experiencias también ha cambiado. Al principio, como decía, Ana María me contaba las cosas en términos generales. Hoy es diferente.
Cuando no estamos juntos puede escribirme y contarme cómo ha ido la experiencia, qué impresión le ha causado el hombre y qué es lo que más le ha gustado de la situación. Pero no se queda solamente en los mensajes.
A veces, cuando volvemos a estar juntos, terminamos hablando de ello cara a cara. Y curiosamente, para mí esas conversaciones pueden ser incluso más excitantes que leer un mensaje.
Hay algo en escucharla hablar de su propia experiencia, en ver su expresión mientras me cuenta qué le gustó y qué no, que hace que mi imaginación empiece a funcionar por sí sola.
Y ahí he descubierto algo sobre mí que al principio me habría costado admitir: a veces me excita más conocer lo que ella ha sentido que imaginar simplemente que ha estado con otro hombre.
No necesito pensar que el otro es mejor que yo. No necesito compararme con él. Lo que me interesa es Ana María.
Quiero saber si disfrutó, si estuvo cómoda, si el hombre supo entenderla, si nuestra elección fue buena y si volvería a repetir.
Ya no pregunto para compararme
Creo que esta es una diferencia importante respecto a cómo vivía las cosas al principio.
Cuando empezamos, una parte de mis preguntas estaba relacionada con mis propias inseguridades. Quería saber cosas porque inevitablemente aparecía la comparación.
Ahora lo vivo de otra manera.
Si le pregunto a Ana María qué tal fue con un hombre, no estoy pensando necesariamente en si ese hombre es mejor que yo. Me interesa saber qué sintió ella.
¿Le gustó? ¿Se sintió deseada? ¿Estuvo cómoda? ¿Fue una buena elección? ¿Repetiría?
Incluso me interesa saber cuándo nos equivocamos eligiendo al hombre. Porque también ocurre. No todos los hombres que parecen interesantes terminan encajando con nuestra dinámica ni con lo que ella busca.
Y lejos de quitarme morbo, conocer esas diferencias forma parte de nuestra experiencia.
Ahora entiendo por qué quería saberlo
Mirando atrás, creo que mi obsesión inicial por conocer los detalles tenía varias capas.
Primero estaban los celos. Después apareció la curiosidad. Más tarde descubrí el morbo. Y finalmente entendí que también había algo de complicidad.
Cuando Ana María vuelve y me cuenta cómo ha sido su experiencia, siento que está compartiendo conmigo una parte de su vida que forma parte de nuestra propia relación. No necesito estar presente en todo para sentir que formo parte del juego.
A veces incluso ocurre algo curioso: cuanto más me cuenta, más excitado me siento.
No porque quiera imaginar que el otro hombre es mejor que yo, sino porque me excita saber que mi mujer ha disfrutado y que nosotros hemos sido capaces de construir una dinámica en la que ella puede vivir esa parte de su sexualidad y después compartir conmigo lo que ha sentido.
Saber qué hizo mi mujer con otro: ¿necesito conocerlo todo?
Después de todo lo que he vivido, mi respuesta ha cambiado.
Al principio quería saberlo todo porque necesitaba controlar la situación. Después quería saberlo todo porque me excitaba. Ahora sé que no necesito conocer cada detalle para disfrutar de nuestra dinámica.
Hay cosas que quiero conocer. Hay conversaciones que forman parte de nuestra fantasía. Y también hay cosas que pueden quedarse entre ella y el otro hombre.
Eso no me hace sentir menos cornudo. Al contrario. He aprendido que parte del morbo está precisamente en aceptar que no puedo controlar absolutamente todo.
Lo que aprendí siendo cornudo
Durante mucho tiempo pensé que los celos eran el enemigo de nuestra relación. Hoy los veo de otra manera.
Los celos me enseñaron cosas sobre mí que probablemente nunca habría descubierto de otra forma. Me hicieron preguntarme por qué quería saber qué había hecho mi mujer con otro. Me hicieron descubrir que podía sentir dolor y excitación al mismo tiempo. Me obligaron a hablar con ella de cosas que antes me habría dado vergüenza reconocer.
Y, sobre todo, me ayudaron a entender que una fantasía no tiene por qué convertirse en un problema cuando existe comunicación y consentimiento.
Yo pasé de sentirme amenazado por la posibilidad de otro hombre a descubrir que podía excitarme que mi mujer fuera deseada.
Pasé de querer controlar lo que ocurría a aprender a confiar.
Y pasé de no entender por qué quería saber qué había hecho mi mujer con otro a comprender que aquella curiosidad formaba parte de mi propia sexualidad.
Ahora, cuando alguien me pregunta qué significa para mí ser cornudo, no pienso solamente en otro hombre. Pienso en Ana María. Pienso en nuestra confianza. Pienso en todas aquellas conversaciones que tuvimos antes de atrevernos a reconocer lo que realmente nos excitaba.
Y pienso que quizá esa sea la parte más importante de nuestra historia: no fue el día que apareció otro hombre.
Fue el día que dejamos de tener miedo de hablar de nuestras fantasías.
Porque ahí fue cuando realmente empezó nuestra vida como pareja hotwife y cuckold.